Nos acostumbramos

Cada lunes sucedía lo mismo. Las noticias en Globovisión eran cada vez más horripilantes; un infierno que no se amansaba y ponía a prueba mi capacidad de asombro y coraje. Todos los días eran de primicias, pero los lunes eran la real medida de la situación del país. A primera hora en un ritual, se reseñaban las muertes violentas ocurridas durante el fin de semana como si fuese un parte de guerra. Atracos, secuestros, violaciones, disputas entre pandillas de barrio. Como en un bingo se cantaban las cifras de muertos. Ochenta y cinco, noventa y dos, ciento seis. Siempre me preguntaba si no había asesinatos en otros momentos, pero la gente estaba más expuesta durante las fiestas y rumbas del fin de semana. No solo eran los muertos, sino también las operaciones comando que llegaban a un restaurant y atracaban a quienes estaban cenando algún sábado en la noche. Y cuando uno escucha el mismo cantar, la inmunidad se vuelve una válvula de escape. Una tendencia irremediable. Ni siquiera eran cifras oficiales, pues las autoridades permanecían indolentes, envueltos en un manto de pasividad. Los periodistas se paraban en la puerta de las morgues y contaban cada cuerpo envuelto en sábanas que bajaban de las camionetas policiales. Los anotaban en una lista que luego se intercambiaban y transmitían. Cadáveres sin rostro y ya sin alma. Como una imbécil, me sentaba ante el televisor en una costumbre medio masoquista y morbosa, como viendo a un reloj de arena vaciarse. ¿Que por qué lo hacía? No recuerdo si es que pensaba que, en esa necesidad de estar informada, de alguna misteriosa forma ayudaría a solucionarlo. El problema era que no sabía cómo. No disponía de mecanismo alguno para actuar en la catatonia en la que me hallaba y las noticias solo servían para profundizarme la depre. Apagaba el televisor agotada y triste, aunque los muertos me fuesen lejanos. Un lunes sucedió una sorpresa: la cifra fue de setenta asesinatos.

― ¡Guao! Estamos mejorando― llegué a susurrar casi aliviada.

Me paré en seco al escucharme tan desubicada y hasta grotesca ¿Cómo podía alegrarme por tal situación? Eso setenta cuerpos eran víctimas de carne y hueso convertidas en meros números, humanos despojados de su condición real, reducidos a una masa abstracta. ¡Una sola muerte era demasiado! En ese instante temí estarme volviendo fría e inconmovible. Temí mi recién descubierto desapego, pero era más letargo que frialdad, pues no sabía cómo procesar tanto dolor. En el fondo, temí acabar muerta en manos de algún malandro y que a nadie le importara. Solo entonces me paré a rebobinar y pensar que estaba entrando precisamente en el juego del tirano.

Me estaba acostumbrando. Y cuando uno se acostumbra, se jode.

 

Imagen de propublica.org

 

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