El diario personal (II)

Cuando emigré al Canadá mi vida se convirtió en una tabla rasa, pues todo lo que había tenido como cierto ya no existía. Confieso que, aunque me lo había trazado así, no tenía muy claro mi nuevo rumbo. Demasiadas ideas y dudas. Por las mañanas, cuando mis hijos se iban a la escuela, me quedaba sola en el silencio de mi nueva casa, subía el volumen al televisor para que la soledad y el arrepentimiento no me jugaran sucio.

Entonces, sucedió algo que me dio un vuelco. Me regalaron un diario. Era un sencillo cuadernillo de cubierta colorida y floreada, de páginas blancas que parecían a la espera de ser llenadas con pensamientos y sensaciones. Pasé mis dedos por sus hojas vacías; olí su aroma a gloria y comienzos. No sabía qué escribir y sin embargo, sentí una premura desconocida hasta ese momento; necesitaba soltar la mano para sacarme esa pelota de tristeza hecha flema que tenía metida dentro del pecho.

Escribir en él por primera vez me hizo volver a mis quince años cuando escondía en mi diario los primeros poemas de amor y las desventuras de mi corazón roto. El roce de aquellas palabras contra el papel salían cada vez más ligeras, cada vez más urgidas. Sus trazos de tinta me erizaron la piel, loca de recibir la ansiada caricia de un lenguaje que buscaba la paz de mi agobio. Al cabo de cinco páginas, quedé exhausta.

Y no he parado de escribir desde entonces…

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