Canas al aire / Relato 1 de 52

52 semanas/52 relatos (Semana 1)

“Las mujeres se vuelven radicales con la edad. Quizás, algún día, un ejército de canosas tomará el mando del mundo calladamente”

Gloria Steinem

Malú juraba que el cabello borgoña le sentaba. Se sentía fuego puro, una guerrera en control total de su cuerpo, aunque las hormonas le traicionaran. El rojo le camuflaba las arrugas y los párpados caídos. Siendo pelirroja de cajita, cada seis semanas se sometía a la travesía innecesaria de teñirse el cabello. Cada raíz blanca era un grito, un recordar que iba para vieja, que no podía dejar de llevar el mundo sobre los hombros. Esa máscara había sido su de fortaleza, aun cuando llorara en las noches. Pero, estaba cansada y ya había decidido dejarse las canas. Costara lo que costara.

Una noche, el costo de una mentira llegó al teléfono de su marido. Malú se revolcó en el piso y quiso emborracharse de los químicos otra vez, buscando quitarse esa facha de zorrillo pelirrojo. En los siguientes días Malú se paseaba por los pasillos de la farmacia y mirando sobre el hombro, acariciaba las caja de tintes rojos y negros. En su desespero había considerado hasta los azules y verdes, creyendo que su arsenal contra con una demonia, joven y audaz, era limitado y quizás, obsoleto.

Entró casi arrastrándose a la peluquería como un adicto con síndrome de abstinencia. Píntamelo todo; quítame las canas, lloró con rencor. Con la presencia de un abuelo sabio, aunque podía ser su hijo, el estilista la abrazó y le soltó una verdad mayor: Malú, en un tiempo en que envejecer es un miedo, hay que hacerlo un privilegio. El estilista le hizo desaparecer el rojo con unas mechitas reflejos, algo parecido a las canas que hizo que sus líneas se difuminaran. Malú se sintió más suave, aunque su mirada aun tenía el brillo fiero. Su expresión era más noble, había menos lucha, más bondad; menos apariencia, más autenticidad. No había tapado el fuego con el gris de las cenizas. Eran las trizas de plata de un fénix que renacía.

Malú salió de la peluquería con la frente en alto, sin más necesidad que de ella misma. En su nuevo espacio asintió con una sonrisa, mientras los demás se peleaban por su pedazo del mundo. Su revolución ahora era suave y callada, estaba en paz y era libre son sus canas al aire.


Ray Bradbury Semana 2

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