Esploratore / Relato 2 de 52

52 semanas/52 relatos (Semana 2)

Mangia, Marco, repitió la nonna cerquita de la oreja del niño. No era súplica, era una orden. La suavidad cruel con la que pronunciaba cada palabra podía causar escalofríos hasta al mismísimo diablo. La abuela olía a aceite rancio con sudor bajo demasiadas capas de terciopelo en el calor húmedo de Venecia. Ella no calzaba dentro de la categoría de las abuelitas que, amorosamente, horneaban galletitas para su nieto. No. Ella era la bruja amargada que le obligaba a tragar espesas sopas de dudosos ingredientes, quizás hechas con las sobras de las grandes comilonas venecianas a las que ella atendía todas las noches. Marco se enfurruñó, apretó los labios y cruzó los brazos. Entonces, la nonna le apretó por la oreja y lo arrastró a la alacena donde lo encerró durante el resto del día.

¡Te vas a comer la sopa, sí o sí!, la escuchó gritar a través de la portezuela del escaparate. En la oscuridad de la alacena, Marco se secó las lágrimas con rabia, y tanteó hasta encontrar una manzana con la que llenó la barriga, la soledad y las ganas de aventuras. Porque cada encierro era como un grano de arena incrustado en la tierna carne de una ostra creando una perla de libertad. Soñaba con algo que aun no definía, algo que le llenara el hueco que llevaba en medio del pecho. ¿Qué comerán en otros lugares?, pensó. Se acarició las costillas cada vez más presentes y se quedó dormido pensando en su padre ausente y su madre muerta.

Unas horas más tarde, la nonna lo sacó de la alacena por un brazo y lo sentó a la mesa de nuevo frente al mismo plato de sopa babosa. Sin esconder su odio, Marco cerró los ojos y tragó el mazacote a pesar de que su garganta se resistía. ¡Bravo, Marco! ahora puedes ir a jugar al muelle, exclamó la vieja con un toque de triunfo.

Marco corrió tan rápido como pudo por las callejuelas, como si así pudiese poner medio mundo de distancia entre él y su abuela. Se sentó en el muelle con los pies en el agua y el estómago aún revuelto con el recuerdo de la sopa gris. Jabeaba y mecía los pies como pateando el agua, con un murmullo en la cabecita sudorosa que no lo dejaba pensar en su plan de escape. Tantas veces imaginó que descubriría nuevas tierras de donde traería artefactos y joyas, pero hoy estaba cansado.

El sol estaba por ponerse tras la isla de Murano, cuando vio uno de los barquitos de juguete que solía soltar al mar; las ondas del agua lo hacían chocar contra los pilotes del muelle y él se sintió así, flotando al garete, pero sin poder huir. Preso de su abuela, comiendo bazofia el resto de su vida. Entonces, lo asaltaron los espasmos y vomitó hasta que no quedó nada de su espíritu de perro domado, y le surgió una claridad divina que iba más allá del horizonte.

Con el sabor a hiel en la boca, levantó barquito de juguete y con la ceremonia de un juramento, murmuró: Iré a buscar la mejor comida del mundo, algo bañado en salsas y aceite de oliva, algo de ajo y albahaca. O algo así…Juro que la encontraré, así tenga que ir a la mismísima China.


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