Dia 1: Decisiones

Descubre tu historia de inmigrante

Hubo un instante, efímero y clarificador, en el que la vida se te volteó y todo aquello que habías logrado a lo largo de tus años perdió significado para ti. Quizás el detonante fue algo tan denso como un atraco, un secuestro o una muerte, o tan sencillo como una forma distinta de trabajar. Lo cierto es que fue un momento en el que te diste cuenta que ya no pertenecías al lugar donde vivías. Lo más importante fue preservar tu vida y la de los tuyos…entonces tomaste una decisión: Emigrar.

Entonces, comenzaron a rodar los engranajes de tu futuro.

Tu misión de hoy, si decides aceptarla, será volver a ese instante definitivo en que decidiste dar el primer paso.

Respira y date permiso para purgar esas memorias. Ten paciencia contigo mismo. Trátate con amor y calma.

Escribe sin editar ni pensar durante 20 minutos para comenzar. Solo deja que tu mano fluya desde tu mente, a través de tu pluma al papel.

Descarga aquí para revelar tu tarea de hoy.

Déjame tus comentarios sobre lo que descubras, tu lección y esencia.

Un abrazo,

Erika

erikaroostna@gmail.com

Reinventar aventuras

Nací con el gen del Wanderlust, y en medio de esta pandemia, ha sido muy jodido sufrir de esas ansias irremediables de agarrar mi mochila y perderme en tierras lejanas, cuando todo lo que puedo hacer es mirar por la ventana a que llegue mi nuevo paquete de Amazon.

Confieso que ya tengo un viaje en mente, con presupuesto, itinenario y demás, esperando la gloriosa venida de tiempos mejores; quiero creer que no es esperanza inútil, es planificación prudente. Así que mientras espero, encontré una alternativa: tours virtuales. !Sip! como lo leen. Es una página web llamada http://www.heygo.com, donde se organizan paseos a sitios a los que sueño conocer algún día.

Tienen 1872 tours en vivo, en más de 341 localidades, conducidos por gente del lugar, con quienes puedes interactuar y hacerles preguntas. No solo son visitas organizadas a un mercado en Marruecos o al castillo de Sintra, también puedes aprender a cocinar una Moqueca Bahiana directamente desde Salvador, aprender del turbulento pasado de Maribor, Eslovenia o bailar salsa en Cartagena. Hasta puedes crear tus propias postales para la posteridad. Sí, sé que quizás no puedo tocar, sentir, oler esas experiencias, pero es una forma de reinventarlas. Y eso es lo que importa.

Si hay algo que esta pandemia me ha enseñado, es que podemos cambiar y adaptarnos a todo aquello que nos lance la vida. Nos lo debemos a nosotros mismos…

Ver las experiencias con un cristal diferente, me ha ayudado a rescatar mi creatividad, en vías de oxidación. Hacer algo diferente y positivo, me aleja de las noticias de muerte y desesperanza que me agobian los días y me espantan las noches.

Prueba hacer un viajecito desde tu cama y escríbeme una postal…

El instinto de escribir

¿Cuál es tu instinto?

Déspues de muchos días entre tantas incongruencias e incertidumbres, hoy desperté con un impulso de escribir. Como si necesitara volver a respirar. Y me pregunto ¿Escribir es un instinto?

Lo cierto es que, últimamente solo sé de un muerto, un enfermo, un terror de algo invisible, pero muy presente, como un fantasma. Un catálogo de horrores. Así que, en una discreta promesa conmigo misma, hoy decidí olvidar, huir, enconcharme. Tomé de nuevo la pluma, me senté bajo una mañana, mitad sol, mitad brisa fresca, y escribí. No pensé, solo sentí, una especie de meditación necesaria.

Afuera, la realidad anda a su propia velocidad temeraria, y yo aquí, en mi jardín, me he bajado de la centrífuga que es ese mundo, para crear uno propio, a mi voluntad y necesidad.

No quiero volverme arisca, no quiero que el mundo me endurezca. Sé, como sé respirar, que hay un misterio en el acto de escribir: me mantiene frágil y fuerte a la vez. Me mantiene concreta, viva y alerta. En el papel, destapo mentiras, descubro verdades, disuelvo oscuras fuerzas. Me acompaña una melodía, que poco a poco, me afloja esa vigilancia perenne en un lugar sobre el cual tengo cero control. Al escribir, solo controlo la piquiña de mi mano y de mis ideas.

En esas líneas locas hay destellos de memorias, de lecciones. En ellas se borran mis miedos y mis indecisiones. Puedo jugar con fuego, sin temor de quemarme, aun inmolándome en mis palabras.

Escribir para mí, es inevitable. Como tomar agua. Es un instinto.

¿Cuál es tu instinto?

La historia que pudo ser…

Una vez tuve un sueño, de esos que rayan en lo épico. Desperté jadeando. Después de calmarme viendo el techo en la oscuridad, pensé que mi sueño sería una idea buenísima para un cuento. Miré mi Fitbit; eran las dos de la mañana. Me volví a dormir con el dictado de comenzar a escribirlo por la mañana. Cuando sonó el despertador, el cuento se había esfumado. Así como así. Por más que traté de recordar los detalles, solo conseguí recuperar pedacitos insignificantes de mi aventura onírica.

Otro momento perdido en el aire del olvido.

Una de la mejores prácticas que puedes tener como escritor, es llevar un cuadernillo donde anotar esas cosas efímeras que te dejan con la melancolía de una buena historia que pudo ser. Ralph Fletcher, coach de escritura define al cuaderno del escritor como “una red de huequitos tan pequeños que ninguna idea se me puede escapar”.

Aprendí mi lección y no tengo un solo cuadernillo, tengo decenas. Y en un momento dado, tengo dos o tres a la vez. Ahí anoto todo aquello que me ocurra que pueda ser la semilla de una historia: describo a una persona que vi en la fila del banco y que puede ser uno de mis personajes, alguna conversación que escuché en el café de la esquina, un paisaje que será parte de una escena en mi novela.

Admito que mis cuadernillos son un poco desordenados y a veces pierdo tiempo buscando aquello que necesito para mis textos, pero también son territorios de redescubrimiento de ideas olvidadas. Así que, anda, compra tu cuadernillo y llévalo contigo siempre. Nunca sabes cuando te atacara el momento de inspiración…

Nos encantaría que compartieras las fotografías de tus cuadernillos.

¡Oh! ¿Qué será?

No tengo ganas de escribir. Ha sido una semana lenta y difícil. Un trabajo que me absorbe, unas noches que me fustigan. Afuera hay un metro de nieve, sin esperanza de que desaparezca pronto. No he dormido bien y el cuerpo me lo reclama. Pero el despertador con su melodía de Bach en cello, me recuerda que mi destino comienza todos los días, llueve truene o relampaguee, a las cinco de la mañana. Noel dice que soy masoquista; quizás tenga razón. Pero, no sé cómo explicarle que las ganas de escribir son algo como el amor. Inexplicables, etéreas, una fuerza universal. No se ve, pero se siente.

¿De dónde vienen este apetito irreprimible por las palabras? ¿Cómo surgen del medio de mi pecho? ¿Por qué me levanto a escribir a pesar de que quiero seguir durmiendo? Quizás soy un animal de rutinas, quizás es algo más. Escribir es vencer mil pequeñas batallas y una gran guerra.

Solo sé que, una vez derrotada la inercia, me lanzo a crear ese universo que quiero para mi. En el silencio de la casa y de la nieve afuera, tomo el café mientras algunas palabras emergen de mi lápiz sin explicación posible. Solo sensaciones e inquietudes. Una presencia entre fantasmal y angelical. Y así, voy penduleando entre recuerdos y sueños, pasado y futuro, pero siempre presente. Escribo…

Cita de hoy: Mujeres valientes

¿Qué más puedo decir de esta cita? Somos mujeres y se ha esperado mucho de nosotras: modositas, calladas, sometidas, suaves. Ser mujer requiere valentía, atreverse a aquello que nace de nuestra pasión y nuestras entrañas para hacer un mundo mejor, más compasivo, más igualitario, más pacífico.

Tantas mujeres antes que nosotras nos han hecho parte del camino, pero aún hay mucho que hacer, mucho que decir y, mucho que crear. Y para eso requiere pasión y valentía. Dar pasos firmes y constantes hacia adelante.

Pega esta cita en el espejo de tu baño y en tu computadora. Mírala todos los días y deja que te inspire…construye tu propia historia.

Ahora, cuéntanos quién te inspira a ser valiente, a actuar con pasión por aquello que te importa. Quizás tu abuela, tu madre, tu hija, una maestra o una amiga. Recuerda un momento en que fuiste valiente, te rebelaste y lograste algo bueno para ti o para otros. Escríbelo pues será parte de tu acervo de recuerdos e inspiraciones para tu historia. Incluye detalles.

¿Qué sentimientos habías frenado? ¿Por qué?

¿Qué sensaciones y pensamientos rumiabas sobe la posibilidad de un cambio radical?

¿Cuál fue el momento decisivo para pararte firme frente a una injusticia? Describe el sabor de tu victoria, el color de tu libertad, la melodía de tu fortaleza.

Palabras que me gustan: Diáspora

“¡Semillas, somos semillas! pensé, levantando la vista. No en balde nos llamaban “diáspora”. Esa palabra me resonaba como pequeñas simientes al viento, buscando caer en mejores tierras para germinar. De pronto, sentí que quienes huíamos de la catástrofe llamada Venezuela, éramos lo más cercano a una bóveda de semillas de nuestra venezolanidad. Emigrar era un reflejo de preservación, no solo de nuestro ente físico y emocional, sino también de salvaguarda de nuestras costumbres que comenzaban a borrarse, pisoteadas por una filosofía aberrante de poder y sometimiento. Éramos portadores de mensajes de las andanzas, de los placeres, de las alegrías y de las tristezas, de las venturas y desventuras, de los éxitos y de los fracasos, de los comienzos y los finales, de los misterios de mi vida del inmigrante venezolano y la voz de la tragedia de quienes se quedaron atrás. Estaría en nosotros conservar aquello bueno que fuimos a fin de reconstruir la patria algún día.

Recordé una frase que había leído en un libro de autoayuda y que me impactó por su sencillez; de alguna forma me regiría la vida de ahí en adelante. Y, esta coincidencia de encontrarme un escrito sobre las semillas y nuestra metáfora de inmigrantes me ayudaría en la tarea de cumplir este ciclo de descubriendo la paz en la ruta de nuestra nueva vida.

Miré a mis hijos ensimismados en la película que comenzaban a proyectar como entretenimiento de vuelo. En los últimos cinco años, todo había conspirado para que nos fuéramos de Venezuela: la visión oscura del futuro, el presente de terror y las historias del pasado de mis ancestros. Pero si los ancestros nos dan historias, los hijos nos dan visiones.

— Florezcan donde los planten— les dije a mis hijos sin esperar que me entendieran en ese momento.

Anoté esas palabras en una pequeña libreta y no volví a escribir nada durante mucho tiempo.”

Pasaje de La hija de los inmigrantes

Cuéntanos: ¿Qué te evoca la palabra “Diáspora”? ¿Qué sientes?

Maletas (Cuento)

“Deja que la memoria sea tu equipaje”

Aleksandr Solzhenitsyn

Hay historias que comienzan con un “érase una vez”. Para los venezolanos que huyen del régimen, podría comenzar con un “érase millones de veces”. Pero, para mis viejos, mis padres, era la segunda vez.

*      *      *

La gente sale en oleadas a través de las puertas automáticas. Puedo sentir las vibraciones de los que esperan, chocando con las mías en un caos de alegría con expectativa. No, no son ellos, pienso parándome en la punta de los pies para tratar de ubicarlos. Mis padres han llegado a Canadá por fin. Intento distraerme, mirando a la gente, imaginándome sus historias. La sala de espera del aeropuerto Lester Pearson se llena de turbantes, saris, capulanas, camisas hawaianas, en un desorden vital de idiomas, dioses y aromas de lugares lejanos, una especie de carnaval de la Humanidad. Los hombres de negocios con sus trajes oscuros y sobrios maletines de mano esbozan una sonrisa cortés al ver sus nombres en los carteles de los choferes con cara de aburridos. Los amantes que se reencuentran lloran y reían a la misma vez entre flores, besos y globos de colores. Familias enteras ruedan los carritos con sus bultos y alijos. Algunas maletas han visto miles de kilómetros, otras nuevas han sido compradas especialmente para el viaje. Muchas están bien amarradas como para que no se abran y se escapen las fotos amarillas, los juguetes de los niños, las cartas de amor, el dolor que traen las pérdidas. Las memorias de los fantasmas de atrás.

Son casi las dos de la mañana. Mi cuerpo quiere cama, pero mi corazón quiere abrazarlos. Una pequeña voz del pasado me acosa y, como un disco rayado, escucho fragmentos vivos de la historia de mis padres, asediados por el comunismo y la muerte. Refugiados de la Segunda Guerra Mundial, llegaron a Venezuela en 1950 con una maleta, un par de camisas y algunas cucharitas de plata como su único tesoro terrenal. Y ahora, a los ochenta años han tenido que huir de nuevo de una dictadura sin adjetivo posible. Con dolor cerraron su casa de toda la vida, su oasis en medio de un país que se desmorona en cámara lenta. Y aunque se empeñaban en recordar tiempos mejores, la vida se les fue volviendo cada vez más pequeña. La falta de comida, medicamentos, electricidad y agua potable eran grilletes invisibles, impuestos por un régimen maldito del que no podrían sobrevivir.

Mientras los espero me llegan ramalazos de mi vida anterior ¿Qué habrá sido de mis amigos de la calle donde crecí? ¿Cómo llevarán la vida quienes emigraron en desventura? ¿Quién vivirá en mi casa que una vez estuvo llena de familia, flores y brisas? ¿Qué vida estaría viviendo si me hubiese quedado con mi miedo y todo? Si bien la cotidianidad del terror se me olvidó al llegar a Canadá, no puedo zafarme de las memorias de un lugar remoto que ya casi no existe, y que atesoro como pañuelitos bordados y perfumados en alguna maleta de mis entrañas.

¿Por qué tardarán tanto? —le pregunto a Noel.

—Tranquila, que el proceso de Landing toma su tiempito. Lo importante es que ya están de este lado de la paz —me asegura.

Camino de un lado a otro de la terminal y Noel me sigue hasta que decide sentarse, pues sabe que no puede hacer nada para contenerme. Empeñada en traerlos a Canadá, hoy termina mi travesía de pasmos, empujes y papeles a lo largo de dos continentes y tres años de mi existencia. Quién iba a decir que lograría sobreponerme a la burocracia de Immigration Canada y a la resistencia de mis propios viejos. Pero, me devoran los escenarios, pues sé que en el fondo no quieren estar aquí. Mi mamá me lo dijo tantas veces con sus silencios al teléfono, cuando le pedía las copias de los pasaportes o la partida de matrimonio. Sus labios que desaprobaban solo trataban de asimilar, sin querer admitirlo, que su burbuja segura y cálida estaba colapsando. Otra vez. Mi padre repetía que adoraba a Canadá, con todo y su nieve, como si estuviera aprendiendo una lección de caletre. La guerra, en la que su vida era tan efímera como los pedazos que quedaban tras los bombardeos, los volvieron aprensivos con sus posesiones. Aun así, sonrío con el orgullo de una guerrera que ha vencido, pero que sabe que está por librar otras batallas. Es solo el comienzo; todos los obstáculos salvados son pequeñeces frente a lo que nos viene. Enseñarles a dos loros viejos a hablar un nuevo idioma de paz y tranquilidad, frente a las lecciones de terror y pobreza. Enseñarles que este será su hogar donde podrán respirar a todo pulmón.

De pronto se abren las puertas. Dos mujeres en uniforme de los servicios al cliente del aeropuerto empujan una silla de ruedas cada una. De pronto, me doy cuenta de que son ellos. Mis padres. Dos grumitos irreconocibles de existencia, tablitas gastadas de un naufragio. Mi papá carga un bastón, una barba canosa de días; la camisa le queda grande. Mi mamá, estoica como siempre, lleva ojeras profundas y la procesión por dentro; su cabello siempre en orden luce un poco despeinado como su alma, aunque no ha perdido de todo el glamur. El corazón se me parte con un ruido de llanto. Contengo la respiración, sintiendo que caeré de rodillas, pero Noel me la mano, dándome fuerzas para seguir de pie. They did just fine, me dice una de las mujeres como tratando de bórrame la expresión donde me late la mudez. Más que un silencio, es un agobio de la impresión, es la herida de una turbulencia.

Thank you so much! —logro contestarle como si los hubiesen salvado de un huracán.

Poco a poco, paso del espanto al alivio. Con los puños apretados, los dos viejitos se aferran a sus bolsitos sobre los palitos que son sus piernas. Sonrío con esfuerzo sobrehumano, depositaria de una fuerza que casi no encuentro.

—¡Suegrita! —dice Noel, abrazando a mi madre. —¡Welcome to Canada!

—¡Chief, suegro! ¡Ya parece canadiense, caramba!

Los abrazo como se abraza a un bebé de Biafra. Están más flacos y pequeños de lo que los recuerdo desde su última visita hace un par de años atrás.

Noel empuja el carrito con las maletas bajo la mirada temerosa de mi padre. Se voltea, se remueve en la silla de ruedas.

—¿Qué pasa, papi?

—¿Están todas ahí? —pregunta con ansiedad.

—Si, si, son cuatro. Ya las conté. No te preocupes.

El camino a casa se me hace largo en la madrugada, aunque solo son veinte kilómetros. Mi padre habla interminable, como si todas esas palabras las hubiese tenido atragantadas durante mucho tiempo.

Me alegro de que ya estén aquí. Van a ser felices — les digo como la promesa mayor.

—Ciertamente somos afortunados. Hace casi setenta años llegamos a Venezuela con una maleta cada uno. Ahora, llegamos a Canadá, cada uno con dos.

Todavía…

Me encanta la palabra “Todavía”, pues en ella hay la promesa de lo que aún está por suceder o por venir. Una sola palabra puede cambiarte la perspectiva. “Todavía” es una de ellas. Te permite ver las cosas con posibilidades y creatividad.

Te explico: No digas, “No sé escribir”. Di “No sé escribir todavía”. ¿Viste cómo cambian el tono y las posibilidades?

La Real Academia Española la define como:

1. adv. Hasta un momento determinado desde tiempo anterior. No he escrito mi novela todavía.

2. adv. Con todo eso, no obstante, sin embargo. Es muy ingrato, pero todavía quiero hacerle bien.


“Todavía”, no solo es persistencia, es aprendizaje y generosidad contigo mismo.

Así que, te propongo un reto…algo que te dé un poquito mas de perspectiva, y sobre todo, muchas ideas. Piensa en todas esas cosas sobre las cuales quisieras escribir y que no has podido. Puede ser un cuento sobre una muñeca de tu infancia, o un ensayo personal sobre cómo te adaptaste a una nueva cultura tras emigrar, o una novela sobre cómo sobreviviste a un accidente. En fin, hay tantas opciones como neuronas tengas (que son muchísimas).

OJO: ¡No importan las razones o excusas! Aquí no juzgamos ni a nosotros mismos… ¡PORFA!

El objetivo de este reto es que comiences a llevar tus deseos y sueños a la página. Haz una lista en tu cuaderno o diario. Escribe la idea cada vez que ésta te asalte. Eso es todo. Comenzar…

No olvides de contarme sobre algunas de tus anotaciones.

¡Me encantaría leerte!

Gratitud / Relatos 4 de 52

52 semanas/52 relatos (semana 4)

” La gratitud abre la riqueza en la vida. Convierte lo que tenemos en suficiente, y más. Convierte la negación en aceptación, el caos en orden, la confusión en claridad. Puede convertir una comida en un banquete, una casa en un hogar, un extraño en un amigo”

Melody Beattie

Creo en la virtud y el poder de las citas que te esclarecen. Esta, de Melody Beattie, me abrió los sesos y el corazón a lo mucho por lo que estoy agradecida en la vida: mi familia, el oasis de mi casa, mi salud, el pan, mi nuevo trabajo, el sol, la luna, los ríos…pero también por esos pasajes oscuros, como el tiempo del desempleo, el confinamiento de la pandemia, la soledad de mi casa, la incertidumbre de un futuro.

Es verdad que, sumida en el dolor y la confusión, decir algo como “Gracias universo, gracias Dios, por este (puñalada trapera, caos, pandemia, desempleo) que me mandas”, me sentí masoquista, ilusa y hasta un poco hipócrita.

Pataleé en la oscuridad, en el encierro de cuatro paredes, mirando la nieve, lejos de todos. Sin embargo, si hay algo que esta pandemia me ha regalado es el tiempo del freno. Ha sido parar (a veces, obligada) y repensar lo que quiero ser, hacia adonde voy, aunque no esté del todo claro. Entonces, tomé un respiro y comencé algunas cosas nuevas; unas funcionaron, otras fueron un total desastre. Pero fueron como experimentos de laboratorio sobre las cuales estoy construyendo una nueva Erika. Con mucha resistencia inicial, he llegado a albergar la certeza absoluta en el proceso de esas pruebas, no siempre en el resultado, sino en la percepción de las cosas y en mi camino hacia el resultado. Muchos gritos en mi almohada me ha costado llegar a decir, It’s OK.

Por lo más increíble fue que ahí, en esos instantes más negros y punzantes, la gratitud tuvo un efecto casi mágico, como de alquimia, que transformó mi oscuridad en una experiencia de luz, que me levantó el peso que llevaba en las entrañas y que me renovó a esa guerrera cansada que llevaba dentro. Dar gracias todos los días por todo, cambia las frecuencias, aunque suene medio alienígena zen. Quiero decir que me siento más sabia, más humilde, pero, sobre todo más dispuesta, pero creo que las palabras que más me definen hoy son Fluida y Agradecida.

¿Cuáles son las cosas por las que estás agradecid@ hoy?

Reto Ray Bradbury/ Semana 3